"Vendí a mi hija de 5 años para que recibiera tratamiento médico": las familias que se enfrentan a decisiones imposibles en Afganistán

Fuente de la imagen, Imogen Anderson/BBC
- Autor, Yogita Limaye
- Título del autor, Corresponsal para el sur de Asia y Afganistán, BBC News
- Fecha de publicación
- Tiempo de lectura: 9 min
Al amanecer, cientos de hombres se congregan en una polvorienta plaza de Chaghcharan, la capital de la provincia de Ghor, en Afganistán.
Se alinean a la orilla de la carretera con rostros cansados, esperando que alguien les ofrezca algún trabajo. De ello dependerá si sus familias comen ese día.
Sin embargo, las probabilidades de éxito son bajas.
Juma Khan, de 45 años, solo ha encontrado trabajo tres días en las últimas seis semanas, con una remuneración de entre 150 y 200 afganis (US$2,35-US$3,13) al día.
"Mis hijos se acostaron con hambre tres noches seguidas. Mi esposa lloraba, y mis hijos también. Así que le rogué a un vecino que me diera dinero para comprar harina", cuenta.
"Vivo con el temor de que mis hijos mueran de hambre".
Su historia no es un caso aislado.
Advertencia: Este artículo contiene detalles que pueden ser perturbadores.
En Afganistán, tres de cada cuatro personas no pueden cubrir sus necesidades básicas, según Naciones Unidas.
El desempleo es generalizado, la sanidad está en crisis y la ayuda que antes proporcionaba lo esencial a millones de personas se ha reducido drásticamente.
El país se enfrenta ahora a niveles récord de hambre, con 4,7 millones de personas —más de una décima parte de la población afgana— al borde de la hambruna.
Ghor es una de las provincias más afectadas.
Los hombres de aquí están desesperados.
"Recibí una llamada diciéndome que mis hijos llevaban dos días sin comer", dice Rabani con la voz quebrada.
"Sentí ganas de suicidarme. Pero luego pensé: ¿cómo ayudaría eso a mi familia? Así que aquí estoy, buscando trabajo".

Fuente de la imagen, Imogen Anderson/BBC
Khwaja Ahmad apenas logra pronunciar unas palabras antes de romper a llorar.
"Nos morimos de hambre. Mis hijos mayores fallecieron, así que necesito trabajar para alimentar a mi familia. Pero soy viejo, así que nadie quiere darme trabajo", dice.
Cuando una panadería local cerca de la plaza abre sus puertas, el dueño reparte pan duro entre la multitud. En cuestión de segundos, las hogazas están desmenuzadas, y media docena de hombres se aferran a los preciados trozos.
De repente, se produce otro tumulto. Un hombre en motocicleta se acerca buscando contratar a un trabajador para cargar ladrillos. Decenas de hombres se abalanzan sobre él.
En las dos horas que estuvimos allí, solo tres hombres consiguieron trabajo.
En las comunidades cercanas —casas desoladas dispersas por colinas áridas y marrones, con los picos nevados de la cordillera de Siah Koh como telón de fondo— el devastador impacto del desempleo es evidente.
Abdul Rashid Azimi nos invita a su casa y nos presenta a dos de sus hijos: las gemelas Roqia y Rohila, de 7 años. Las abraza con fuerza, ansioso por explicar por qué toma decisiones tan terribles.
"Estoy dispuesto a vender a mis hijas", solloza. "Soy pobre, estoy endeudado y no tengo poder".
"Llego a casa del trabajo con los labios resecos, hambriento, sediento, angustiado y confundido. Mis hijas vienen a mí diciéndome: 'Papá, danos pan'. ¿Pero qué puedo darles? ¿Dónde hay trabajo?".
Abdul nos dice que está dispuesto a vender a sus hijas para que se casen o para que trabajen en un hogar. "Si vendo a una hija, podría alimentar al resto de mis hijos durante al menos cuatro años", afirma.
Abraza a Rohila y la besa mientras llora. "Me parte el corazón, pero es la única opción".

Fuente de la imagen, Imogen Anderson/BBC
"Lo único que tenemos para comer es pan y agua caliente, ni siquiera té", dice su madre, Kayhan.
La decisión de vender a las hijas en lugar de a los hijos varones se debe a que, culturalmente, se considera que los varones serán los futuros proveedores del hogar, y aquí en Afganistán, con las restricciones que los talibanes imponen a la educación y el trabajo de las mujeres y las niñas, esta percepción se acentúa aún más.
Además, existe la tradición de que la familia del hijo entregue un regalo de bodas a la familia de la joven.
Dos de los hijos adolescentes de Abdul y Kayhan trabajan lustrando zapatos en el centro del pueblo. Otro recoge basura, que Kayhan usa como combustible para cocinar.
Saeed Ahmad nos cuenta que ya se vio obligado a vender a su hija de 5 años, Shaiqa, después de que le diagnosticaran apendicitis y un quiste en el hígado.
"No tenía dinero para pagar los gastos médicos. Así que vendí a mi hija a un familiar", dice.
La cirugía de Shaiqa fue un éxito. El dinero provino de los 200.000 afganis (US$3.200) por los que la vendieron.
"Si hubiera aceptado la suma completa en ese momento, él se la habría llevado. Así que le dije que me diera lo suficiente para su tratamiento ahora, y que en los próximos cinco años me daría el resto, después de lo cual podría llevársela. Se convertirá en su nuera", explica Saeed.
Shaiqa lo abraza. Su estrecho vínculo es evidente, pero en cinco años, cuando tenga solo 10, tendrá que irse a casa de un familiar para casarse con uno de sus hijos.
"Si hubiera tenido dinero, jamás habría tomado esta decisión", dice Saeed. "Pero luego pensé: ¿y si muere sin la cirugía?".
"Entregar a tu hija a una edad tan temprana conlleva mucha ansiedad. Los matrimonios de menores de edad tienen sus problemas; sin embargo, como no podía pagar su tratamiento, pensé: 'Al menos estará viva'".
La práctica del matrimonio infantil sigue estando muy extendida en Afganistán y va en aumento debido a la prohibición de la educación para las niñas impuesta por el gobierno talibán.

Fuente de la imagen, Imogen Anderson/BBC
Hace apenas dos años, Saeed recibía ayuda.
En aquel entonces, él y su familia, al igual que millones de afganos, recibían ayuda alimentaria: harina, aceite de cocina, lentejas y suplementos para niños.
Pero los drásticos recortes en la ayuda de los últimos años han privado a la gran mayoría de esta asistencia vital.
Estados Unidos, que alguna vez fue el principal donante de Afganistán, recortó casi toda la ayuda al país el año pasado.
Muchos otros donantes clave también han reducido significativamente sus contribuciones, incluido Reino Unido.
Las cifras actuales de la ONU muestran que la ayuda recibida en lo que va del año es un 70% menor que la prevista para 2025.
La grave sequía, que ha afectado a más de la mitad de las provincias del país, agrava aún más la situación.
"No hemos recibido ayuda de nadie: ni del gobierno, ni de las ONG", afirma Abdul Malik, un aldeano.
El gobierno talibán, que tomó el poder en 2021, también culpa a la anterior administración afgana, que se vio obligada a dimitir cuando las fuerzas extranjeras se retiraron del país.
"Durante los 20 años de invasión se creó una economía artificial debido a la afluencia de dólares estadounidenses", le dijo a la BBC Hamdullah Fitrat, portavoz adjunto del gobierno talibán.
"Tras el fin de la invasión, heredamos pobreza, penurias, desempleo y otros problemas".
Sin embargo, las propias políticas de los talibanes, en particular sus restricciones contra las mujeres, son también una razón clave por la que los donantes se están retirando.
Al ser consultado, el gobierno talibán rechazó cualquier responsabilidad por la retirada de los donantes, afirmando que "la ayuda humanitaria no debe politizarse".
Fitrat también mencionó los planes de los talibanes "para reducir la pobreza y crear empleo mediante la implementación de grandes proyectos económicos", nombrando algunos proyectos de infraestructura y minería.
Pero si bien los proyectos a largo plazo podrían ser útiles algún día, es evidente que millones de personas simplemente no sobrevivirán sin ayuda urgente.
Como Mohammad Hashem, cuya bebé de 14 meses falleció hace unas semanas.
"Mi hija murió de hambre y falta de medicinas… Cuando un niño está enfermo y tiene hambre, es obvio que va a morir", dice.
Un anciano de la localidad afirma que la mortalidad infantil, principalmente debido a la desnutrición, ha aumentado considerablemente en los últimos dos años.
Aquí, sin embargo, no existen registros oficiales de defunciones.
El cementerio es el único lugar donde se puede encontrar evidencia de un aumento en la mortalidad infantil.
Así que, como hemos hecho en el pasado, contamos las tumbas pequeñas y grandes por separado.
Había aproximadamente el doble de tumbas pequeñas que grandes, lo que sugiere que hay el doble de niños que de adultos.

Fuente de la imagen, Imogen Anderson/BBC
En el principal hospital provincial de Chaghcharan se encontró más evidencia.
La unidad neonatal es la más concurrida. Todas las camas están ocupadas, algunas con dos bebés. La mayoría tienen bajo peso y muchos tienen dificultades para respirar por sí solos.
Una enfermera traslada una pequeña cuna con dos gemelas recién nacidas. Nacieron dos meses prematuras. Una pesa 2 kg y la otra solo 1 kg.
Se encuentran en estado crítico y se les administró oxígeno de inmediato.
Su madre, Shakila, de 22 años, se recupera en la sala de maternidad.
"Está débil porque apenas comió durante el embarazo, solo pan y té", explica Gulbadan, la abuela de las gemelas. "Por eso las bebés están en este estado".
Unas horas después de que saliéramos del hospital ese día, la bebé más grande falleció antes incluso de que pudieran ponerle nombre.
"Los médicos intentaron ayudarla, pero murió", dice su desconsolada abuela al día siguiente.
"Envolví su cuerpecito y la llevé a casa. Cuando su madre se enteró, se desmayó".
Gulbadan señala a la bebé sobreviviente y añade: "Espero que al menos ella sobreviva".

Fuente de la imagen, Imogen Anderson/BBC
La enfermera Fatima Husseini indica que hay días en que mueren hasta tres bebés.
"Al principio, me resultaba muy duro ver morir a los niños. Pero ahora casi se ha convertido en algo normal para nosotros", comenta.
El doctor Muhammad Mosa Oldat, director de la unidad neonatal, señala que la tasa de mortalidad llega hasta el 10%, lo cual es "inaceptable".
"Pero debido a la pobreza, la carga de pacientes aumenta cada día", añade. "Y aquí tampoco contamos con los recursos para tratar a los bebés adecuadamente".
En la unidad de cuidados intensivos pediátricos, Zameer, de 6 semanas, padece meningitis y neumonía. Ambas enfermedades son curables, pero los médicos necesitarían realizar una resonancia magnética y no disponen del equipo necesario.
Quizás lo más impactante que nos cuentan los médicos es que el hospital público no tiene medicamentos para la mayoría de los pacientes, y las familias tienen que comprarlos en farmacias externas.
"A veces, si sobran medicamentos del bebé de una familia acomodada, los usamos para los bebés cuyas familias no pueden costearlos", dice Fátima.
La falta de dinero obliga a muchas familias a tomar decisiones difíciles.
La nieta sobreviviente de Gulbadan subió un poco de peso y su respiración se estabilizó. Pero unos días después, su familia la llevó a casa. Simplemente no podían permitirse mantenerla en el hospital.
El pequeño Zameer también fue llevado a casa por sus padres por la misma razón.
Sus pequeños cuerpos ahora tendrán que luchar por sobrevivir por sí solos.
Información adicional de Imogen Anderson, Mahfouz Zubaide y Sanjay Ganguly.

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