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Las históricas conversaciones de paz que inician EE.UU. e Irán deben superar un profunda desconfianza: análisis de la BBC
- Autor, Lyse Doucet
- Título del autor, Corresponsal jefe de noticias internacionales de la BBC
- Informa desde, in Islamabad
- Tiempo de lectura: 8 min
Si este fin de semana llegar a tomarse una fotografía del vicepresidente estadounidense JD Vance junto al presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, en Islamabad, la imagen pasará a la historia.
Ese momento marcaría las que se han convertido en las conversaciones cara a cara de más alto nivel entre la República Islámica de Irán y Estados Unidos desde que la Revolución Islámica de 1979 rompiera su sólido vínculo estratégico y proyectara una larga sombra que aún hoy ensombrece las relaciones.
Puede que los dos hombres no sonrían. Puede que ni siquiera se den la mano.
Esto no haría que esta relación conflictiva fuera más fácil ni menos hostil.
Pero enviaría una señal de que ambas partes quieren intentar poner fin a una guerra que está causando conmociones en todo el mundo, evitar una escalada aún más arriesgada y recurrir a la diplomacia para llegar a un acuerdo.
Las negociaciones cara a cara arrancaron este sábado en Islamabad, con Pakistán como mediador.
Sin embargo, no hay ninguna posibilidad de que se cumpla la optimista predicción del presidente estadounidense Donald Trump de alcanzar un "acuerdo de paz" dentro de este frágil alto el fuego de dos semanas: sus términos fueron objeto de controversia y se incumplieron desde el momento en que se anunció a principios de esta semana.
Hasta el último momento, los iraníes mantuvieron a todo el mundo en vilo sobre si acudirían o no a las negociaciones, mientras que Israel insistía en que no habría alto el fuego en Líbano.
Pero si se inician conversaciones serias y sostenidas, esto también supondría el impulso más importante desde que Trump se retiró del anterior acuerdo nuclear histórico en 2018, durante su primer mandato. Entonces, desestimó lo que se consideraba ampliamente como el logro más destacado de la política exterior de la Administración Obama, calificándolo de "el peor acuerdo de la historia".
Esas conversaciones, en interminables rondas que se prolongaron durante casi 18 meses de avances y retrocesos, fueron las últimas reuniones de alto nivel entre el entonces secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, y el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Mohammad Javad Zarif.
Los esfuerzos realizados desde entonces, incluso durante el mandato del presidente estadounidense Joe Biden, apenas han dado frutos.
"El envío de más altos cargos, y las graves consecuencias que tendría un fracaso para todas las partes, podrían abrir posibilidades que antes no existían", valora Ali Vaez, del International Crisis Group, quien ha seguido todos los altibajos a lo largo de los años.
Sin embargo, advierte, esta vez es aún "mucho más difícil".
Las diferencias entre ambas partes siguen siendo muy marcadas y la desconfianza es muy profunda.
Esa brecha es especialmente grande para Teherán, después de que sus dos últimas rondas de negociaciones, en junio de 2025 y febrero de este año, se vieran repentinamente truncadas por los primeros ataques de una guerra entre Estados Unidos e Israel.
Estilos contrapuestos
Y, cuando hablan, sus estilos de negociación son diametralmente opuestos.
Trump se jacta de contar con los mejores negociadores en su enviado especial Steve Witkoff, un antiguo promotor inmobiliario, y en su yerno Jared Kushner, su mano derecha durante su primer mandato, cuando los Acuerdos de Abraham normalizaron las relaciones entre Israel y algunos Estados árabes, dejando de lado a los palestinos.
Pero Irán, que ahora considera que estos enviados están demasiado cerca de Israel, insistió en elevar el nivel de compromiso, concretamente a Vance. No solo ocupa un cargo oficial dentro de la Administración estadounidense, en lugar de ser un amigo o un familiar, sino que también se le considera el mayor escéptico de esta campaña militar dentro del equipo de Trump.
La postura de Irán también ha impuesto limitaciones, especialmente en su insistencia en que las negociaciones se llevaran a cabo principalmente de forma indirecta, a través de Omán, su mediador de confianza.
En Ginebra, en febrero, tras altos muros y lejos de las cámaras del mundo, se mantuvieron algunas conversaciones directas en medio de los intercambios indirectos.
Pero se dice que los partidarios de la línea dura iraní, profundamente recelosos de esta vía, ataron las manos de los negociadores, que también querían evitar cualquier riesgo de intercambios hostiles o humillantes.
El estilo característico de Witkoff había sido llegar, por lo general, solo. Fuentes diplomáticas involucradas en este proceso afirman que a menudo ni siquiera tomaba notas, lo que no hacía sino aumentar las sospechas iraníes y hacía que las conversaciones a menudo dieran vueltas en círculo. Entonces se incorporó Kushner a su equipo.
El contraste con las negociaciones de hace una década no podría ser más marcado: las delegaciones de Estados Unidos e Irán contaban con un nutrido grupo de diplomáticos experimentados y físicos de primer orden.
Además, contaban con el respaldo de altos diplomáticos europeos, así como de los ministros de Asuntos Exteriores de los otros cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: el Reino Unido, Francia, China y Rusia.
En las últimas rondas, celebradas en febrero de este año, se dijo que se lograron avances cuando las dos delegaciones contaron con la asistencia técnica del director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, y de mediadores experimentados de otros países.
Al parecer, se redujeron algunas diferencias, aunque no todas, al menos en el expediente nuclear, donde Irán ofreció nuevas concesiones, incluida la reducción de su uranio altamente enriquecido. Entonces se desató de nuevo la guerra.
Ahora estas hostilidades han cambiado el cálculo de seguridad para todas las partes.
Incluso antes de este conflicto, las voces más radicales dentro del estamento de seguridad iraní abogaban por el desarrollo de una bomba nuclear.
Irán insistirá ahora en mantener su arsenal de misiles balísticos para la autodefensa y en ejercer control sobre el estrecho de Ormuz. Esto le da a Teherán una importante ventaja y un salvavidas económico que necesita desesperadamente.
Pero la mayoría de los Estados del Golfo, que se habían opuesto al acuerdo nuclear de 2015 antes de alcanzar posteriormente un cauteloso acercamiento con su vecino, exigen ahora que los misiles que impactaron en sus países también se pongan sobre la mesa de negociaciones.
Israel, y en particular su primer ministro, Benjamin Netanyahu, seguramente estará al teléfono o acudiendo a toda prisa a la Casa Blanca para asegurarse de que se aborden las profundas preocupaciones de su país sobre las amenazas de Irán.
"Flexibilidad heroica"
Hay un eco de otra época histórica.
Hace trece años, el difunto líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, tomó la decisión, a regañadientes, de permitir que sus negociadores intensificaran las conversaciones nucleares con Estados Unidos para intentar alcanzar un acuerdo. Se denominó "flexibilidad heroica".
El máximo líder religioso de Teherán no confiaba en el país al que despreciaba como "el Gran Satán". Pero el recién elegido presidente reformista de Irán, Hassan Rouhani, le convenció de que su grave situación económica no les dejaba otra opción que hacer todo lo posible para levantar las devastadoras sanciones internacionales.
Ahora, su hijo Mojtaba Jamenei —que ascendió al poder tras el asesinato de su padre en las primeras horas de esta guerra— ha dado luz verde a sus negociadores para que se reúnan con los enviados estadounidenses en Islamabad.
Sin embargo, resultó herido en ese ataque y el alcance de su implicación, y su autoridad, dista mucho de estar claro.
Los partidarios de la línea dura, sobre todo la poderosa Guardia Revolucionaria Islámica, son ahora quienes llevan la batuta. La economía de Irán se encuentra sumida en una crisis mucho más profunda. Y se enfrenta a una disidencia más significativa en el país después de que las protestas a nivel nacional de enero fueran aplastadas con miles de víctimas.
Una nación sacudida por esta terrible guerra lucha ahora por aferrarse a la esperanza de un cambio económico y social y, para algunos, de un cambio fundamental.
Trump insiste en que estas seis semanas de guerra han logrado un "cambio de régimen" y describe a los nuevos líderes de Irán como "menos radicales y mucho más razonables".
El momento de la verdad podría estar acercándose, para todas las partes. Y hay otra idea que invita a la reflexión.
Hace trece años, cuando se iniciaron las conversaciones, sus declaraciones hablaban de que las dos partes estaban "muy alejadas".
Irán exigió que Estados Unidos reconociera su "derecho" a enriquecer uranio, algo que Estados Unidos rechazó, expresando su sospecha de que la República Islámica buscaba un arma nuclear.
Por ahora, Estados Unidos parece estar diciendo que ese derecho sería reconocido, siempre y cuando no haya enriquecimiento en Irán.
Puede que la historia no se repita, pero sí tiene similitudes.
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