"Eran como hermanos y de repente están en una disputa mortal": la BBC en la ciudad de México que se convirtió en "zona de guerra" entre carteles

Fuente de la imagen, Darren Conway/BBC
- Autor, Quentin Sommerville
- Título del autor, Corresponsal internacional de la BBC
- Informa desde, Culiacán, México
- Tiempo de lectura: 10 min
Advertencia: este artículo contiene relatos gráficos de la violencia de los carteles que podrían resultar perturbadores para los lectores.
"El miedo está en todas partes y es constante", dice el paramédico Héctor Torres, de 53 años, desde el asiento delantero de la ambulancia en Culiacán.
Acabamos de llegar de la escena de un tiroteo dentro de un garaje en el centro de la ciudad mexicana.
El dueño yace muerto en su oficina, con la sangre escurriéndose por el suelo de baldosas blancas.
Cuando Héctor y el otro paramédico, Julio César Vega, de 28 años, entran al local, una mujer llega corriendo y llorando.
Es la esposa del hombre, pero no hay nada que hacer. Héctor revisa sus signos vitales y luego coloca una manta de papel sobre el cadáver.
Durante el último año y medio, el cartel de Sinaloa, uno de los carteles de narcotráfico más grandes y temidos del mundo, ha estado en guerra consigo mismo, después de que el hijo de uno de sus líderes traicionara a otro.
La caída del líder del cartel Ismael "El Mayo" Zambada, quien ahora está en prisión en Estados Unidos, ha causado caos en Sinaloa y es una advertencia de los peligros que enfrenta México.

Fuente de la imagen, Darren Conway/BBC
Héctor apunta que la violencia en Culiacán nunca había sido tan grave ni había durado tanto. El año pasado, el número de llamadas que recibieron aumentó más de un 70%.
Pero en la semana que pasé con Héctor y Julio, casi todos los incidentes a los que respondieron terminaron de la misma manera: con un cadáver en un edificio o al borde de la carretera, y con familiares desconsolados cerca pidiendo respuestas.
Pocas víctimas de los carteles sobreviven, y ningún lugar es seguro; escuelas, hospitales e incluso funerales han sido atacados.
"El cartel de Sinaloa era como una familia. Todos estaban unidos en un solo cartel. Eran amigos, comían en la misma mesa", explicó Héctor.
"Eran como hermanos —padres, tíos, hermanas— y de repente estaban peleando (...) y enfrascados en una disputa mortal", relató.
Ese negocio familiar se convirtió en una empresa multimillonaria que produce el mortal fentanilo que inunda las calles de EE.UU. y ha costado decenas de miles de vidas.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró a ese y otros carteles como organizaciones terroristas y calificó al fentanilo como arma de destrucción masiva.
El mandatario, además, ha amenazado a México con una acción militar directa si no controla la droga y a los narcotraficantes.

Fuente de la imagen, Darren Conway/BBC
Tanto Héctor como Julio llevaban chalecos antibalas, 14 kilos de Kevlar y placas de armadura.
Julio dijo que era esencial: "No sabemos si los responsables de los ataques siguen en el lugar o si cumplieron su objetivo y desaparecieron repentinamente. Por lo tanto, corremos el riesgo de quedar atrapados en el fuego cruzado de un ataque y resultar heridos".
El sol comenzaba a ponerse mientras conducíamos de regreso a la base paramédica, y una ciudad que antes cobraba vida por la noche, pronto estaría desierta. El tráfico era lento.
El gobierno mexicano ha enviado miles de soldados a Sinaloa y ha establecido retenes en la mayoría de las carreteras.
Resultó que cuando el dueño del taller fue asesinado, tres hombres fueron secuestrados del lugar al mismo tiempo.
Los soldados y la infantería de marina, fuertemente armados, revisaban los autos en busca de cualquier rastro de ellos.
Sangre en las calles
El secuestro en Culiacán puede ser peor que la muerte.
Unos pocos días antes de nuestra llegada se encontró un cuerpo tirado en la acera frente a uno de los principales centros comerciales.
Por el estado del cadáver, era evidente que había sido torturado. Su cuerpo estaba intacto, pero el cráneo había sido desollado y le habían extirpado los ojos.
Junto al cadáver se dejó un mensaje, en letras grandes, de una facción del cartel a otra. Acusaban al muerto de traidor y venía con una advertencia: "Vamos por el resto de ustedes".
Culiacán es una ciudad próspera, llena de centros comerciales, parques impecables y concesionarios de autos de lujo.
Afuera del centro comercial, un hombre con ropa de ciclismo negra se detuvo en el tráfico de la hora punta para observar cómo la policía colocaba los restos del hombre en una bolsa para cadáveres.
Al día siguiente, el cuerpo de otra víctima, mutilado de la misma manera, fue abandonado junto a la carretera principal que conduce al norte de la ciudad.
Cuando el equipo forense levantó el letrero que lo acompañaba, era difícil de leer; la sangre corría por su superficie y se acumulaba en la orilla de grava.
En cada nueva escena del crimen me encontró con Ernesto Martínez, quien lleva 27 años informando sobre la violencia en la ciudad.
Un joven de 16 años murió a tiros en el barrio de San Rafael; las piernas de Emmanuel Alexander aún estaban enredadas en el cuadro de su bicicleta mientras la policía marcaba los más de una docena de casquillos de bala alrededor de su cuerpo.
Había sido baleado a quemarropa con una pistola.

Fuente de la imagen, Darren Conway/BBC
El periodista Martínez explicó que "antes había más policías, más soldados, más seguridad".
"Había un retén en cada esquina, y aun así los homicidios continuaban, no disminuían, se mantenían en un promedio de cinco o seis asesinatos al día. Y la tendencia continúa".
Entonces, ¿qué podría acabar con la violencia?
Me reuní con una de las facciones de la disputa Sinaloa para hacerles esa pregunta.
Antes de la reunión, me dijeron que no llevara mi teléfono ni ningún dispositivo de rastreo.
Son criminales despiadados que muestran poco remordimiento y tienen una solución sencilla para los homicidios: el gobierno debería hacerse a un lado y dejar que se maten entre ellos, sin importar la amenaza para los transeúntes, hasta que una facción sea la que quede.
Llegaron a la reunión completamente armados y se pusieron cubrebocas para la entrevista, tras insistir en que se ocultaran sus identidades.
Cuando le pregunté a "Marco" (nombre ficticio) si sentía alguna culpa, dijo: "Sí, es cierto, porque muchas veces muere gente inocente. Mueren niños. Hay mucha muerte de gente inocente".
Sentado a su lado, "Miguel" (nombre ficticio) fue más implacable: "Mucha gente seguirá muriendo porque el cartel sigue luchando, y la situación empeora. La guerra continuará. Solo se calmará cuando quede una facción".
Madres en búsqueda
La violencia de los carteles no solo está incrementando el número de cuerpos encontrados, sino también el de personas reportadas como desaparecidas.
El hijo de Reynalda Pulido, Javier Ernesto, desapareció en diciembre de 2020. Ella sigue buscándolo, y también a otros, ya que lidera el grupo Madres en Lucha.
En una fría mañana, en una gasolinera cerca de Culiacán, Pulido y un grupo de madres se abrazaban antes de emprender la búsqueda.
Casi todas las mujeres, más de una decena, vestían camisetas blancas con las fotos y los nombres de sus seres queridos desaparecidos.
Comenzaron fijando las fotos de algunas de las desaparecidas en postes de luz; el sonido de la cinta se oía entrecortado por el ruido de los perros del vecindario, que ladraban agresivamente al pasar junto a las casas.
Las acompañaba una escolta militar, seis soldados fuertemente armados, en una camioneta blindada y una camioneta pick-up con un artillero en la parte superior.
En un campo sobrevolado por buitres, usaron sondas metálicas, picos y palas en la búsqueda de restos. Buscaban tierra removida, hendiduras en el suelo, cualquier indicio de una tumba improvisada.
Mientras sondeaban la tierra, olían el polvo en busca del olor característico de los restos humanos.

Fuente de la imagen, Darren Conway/BBC
Durante un receso en la búsqueda, Reynalda Pulido me contó que cada mañana, al despertar, le pregunta a Dios: "¿Dime por qué estoy aquí?".
"Lo que me da fuerzas es darme cuenta de que nadie más los va a buscar. Lo sé porque nadie se está moviendo para buscar a los desaparecidos en Sinaloa. Y una madre siempre buscará a su hijo. No importa si tiene que ir hasta el fin del mundo, lo buscará".
Las mujeres recibieron varias pistas de que un cuerpo podría haber sido arrojado al campo, pero después de horas bajo el sol del mediodía, no encontraron más que huesos de animales.
Le pregunté a Reynalda si creía que algún día encontraría a su hijo. "Es algo que me pregunto muy a menudo", dijo, secándose las lágrimas.
"Pero ya he encontrado a mi hijo en los 250 cuerpos que he localizado y en las treinta y tantas personas que he encontrado con vida. Ellos también son mis hijos. Y los hijos de todas las familias que vienen a pedirme ayuda se convierten en mis hijos. Mi hijo está ahí, en cada uno de ellos. Todos llevan un pedacito de él".
La causa principal de la miseria de Culiacán es el tráfico de fentanilo.
Paquetes de polvo blanco
En un sótano propiedad de un cartel, "Román" (nombre ficticio), quien produce la droga, me dice que lo siga.
Acaba de empacar su último cargamento de droga, más de media docena de paquetes de polvo blanco bien prensado, con destino a EE.UU.
Usa cubrebocas y guantes mientras manipula los mortíferos paquetes.
Al abrir uno, estaba completamente prensado, con el número 300 grabado en la superficie.
Antes enviaban pastillas a EE.UU., ahora envían polvo, lo que creen que facilita eludir la aduana estadounidense.
Cada paquete pesa un kilo y vale US$20.000.
Pero Román explica que, dependiendo de la ciudad a la que se envíe, puede alcanzar un valor mayor: "Si lo llevamos a Nueva York, puede alcanzar los US$28.000 o US$29.000. Cuanto más alto sea el precio, mayor será nuestra ganancia".
No asume ninguna responsabilidad, no se avergüenza del negocio en el que está. Y afirma que, independientemente de lo que piensen los gobiernos de México y EE.UU., el fentanilo seguirá fluyendo.
"Aunque el gobierno ha intensificado la búsqueda, nos persiguen más y se acercan más, en cuanto a la producción, nunca nos hemos detenido. A veces reducimos la actividad porque la situación se pone tensa, porque el gobierno se acerca demasiado. Así que mantenemos un perfil bajo durante unos días, pero una vez que pasa el problema, continuamos o nos mudamos a otras zonas".
"EE.UU. los ha etiquetado como terroristas", le digo. Responde, alegremente: "Bueno, aunque Trump nos llame terroristas, solo quiero recordarle que mientras haya consumidores, seguiremos haciendo esto, pero eso no nos convierte necesariamente en terroristas. Mientras la gente quiera consumirlo, es libre de hacerlo. Nadie los obliga. Nadie los obligó a empezar con este vicio, a empezar a consumir esto".
El gobierno mexicano ha afirmado que está avanzando en su lucha contra el narcotráfico. Asegura haber reducido el suministro de fentanilo a EE.UU. a la mitad.
"Tratando de evitar el daño a la gente"
De Culiacán viajé a la Ciudad de México. El aeropuerto capitalino estaba ruidoso con el sonido de taladros y yeso al ser retirado de las paredes, como parte de los preparativos para el Mundial de 2026.
En una de sus conferencias de prensa habituales, celebrada antes de la muerte de "El Mencho", el líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, el domingo 22 de febrero, le pregunté a la presidenta Claudia Sheinbaum qué se necesitaría para controlar la violencia en Sinaloa.
La mandataria culpó a la lucha interna por el poder dentro del cartel de Sinaloa del aumento de la violencia en el estado norteño e insistió en que su gobierno estaba "tratando de evitar el daño a los civiles, a la gente".

Fuente de la imagen, Darren Conway/BBC
De vuelta en Sinaloa, recibí una última llamada para salir con los paramédicos, Héctor y Julio, por otro tiroteo en el centro.
Mientras un helicóptero de la policía sobrevolaba, cruzamos la cinta de la escena del crimen y encontramos a un hombre en el pavimento sangrando por una herida de bala en el pecho.
Aún respiraba y gritaba pidiendo ayuda.
Mientras Héctor comenzaba a atenderlo, Julio corrió hacia otro hombre a la vuelta de la esquina, que estaba gravemente herido y no respondía.
El temor de que el cartel regresara, incluso a pesar de la presencia de soldados e infantes de marina a nuestro alrededor, añadió mayor urgencia al trabajo de los hombres.
Las heridas fueron curadas y los hombres fueron llevados de urgencia a un hospital cercano. Resultó que eran transeúntes, atrapados en el fuego cruzado.
Aun así, los militares colocaron un cordón armado alrededor del hospital por si acaso. Más tarde supimos que los hombres sobrevivieron.
Tanto Héctor como Julio se quitaron los guantes médicos de goma azules, aún empapados de sangre, y compartieron un cigarrillo.
"Estas son las primeras víctimas que encontramos con vida desde noviembre", dijo Héctor.

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