La "masacre de los abuelos": cómo la enfermedad del hijo de un jefe pandillero de Haití acabó en la mayor matanza del siglo en América

Fuente de la imagen, CLARENS SIFFROY
- Autor, Juan Martínez d’Aubuisson
- Título del autor, Especial para BBC News Mundo desde Puerto Príncipe, Haití
- Tiempo de lectura: 23 min
Esta historia forma parte de "La caída de Puerto Príncipe", un proyecto de Dromómanos y Global Initiative.

El pequeño príncipe Benson ha enfermado.
Su padre es el rey Micanor, autoproclamado último monarca del Caribe, amo de los muelles de Puerto Príncipe, "señor de la guerra"del barrio de Wharf Jérémie y de Viv Ansanm, la confederación de pandillas que controla la capital de Haití.
Y está convencido de haber descubierto la causa: en el área hay hombres lobo, una suerte de hechiceros ancianos con el poder de transfigurarse en animales para atacar por las noches y con especial debilidad para enfermar y matar niños.
El rey decide entonces que, para salvar a su hijo, sus huestes deben salir a cazarlos.
En una casa, Sébastien, un hombre fuerte y rudo de 32 años, ve desde debajo de la cama de su mamá cómo dos hombres se la llevan.
En otra, la abuela de Evelyn le dice: "Que nadie diga nada. Escóndanse todos". La anciana entonces abre la puerta y la raptan.
También se llevan al abuelo de Sheila. Cuando quiere averiguar sobre su paradero, el anciano ya es un cadáver.
Manú también busca a sus padres. No contestan el teléfono. Al día siguiente descubre que a su papá lo desmembraron a machetazos.
Los bandidos de Micanor asesinan asimismo al tío y al primo de Dustin. Él lo cuenta con dos agujeros de bala en el cuerpo.
La madrugada del 7 de diciembre de 2024 muere el príncipe Benson Altes. Tenía seis años.
Durante seis días, su padre acaba con la vida de 207 personas. La mayoría tenía más de 60 años. Los corta a machetazos, los hace desaparecer con fuego o envía sus restos al fondo del mar.

A finales de febrero de 2025, tres meses después de la masacre en Puerto Príncipe, concierto una cita con Rosie Auguste Ducéna, una abogada al frente de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH, por sus siglas en francés). Pero es complicado moverse.
El 90% de la capital de Haití, la ciudad más violenta del país más violento y pobre de América, lleva más de un año bajo el control de Viv Ansanm, la mayor confederación de bandas criminales jamás vista en la región.
Desde el 29 de febrero de 2024 los bandidos han tomado barrio tras barrio, quemando estaciones policiales, radios locales, escuelas, edificios gubernamentales, cementerios, carreteras… Han devastado la ciudad.
El 10% que resiste la ofensiva está defendido por lo poco que queda del Estado haitiano, una misión internacional comandada por Kenia, civiles y por los hombres de algunos caudillos, como el expolicía Samuel Joasil, el más reconocido de todos.
Estas brigadas montan barricadas casi todos los días, colocan carros quemados, portones improvisados, cercos de púas o llantas con fuego para impedir que los bandidos entren, y para conseguir que, si acceden, se muevan lento. Así podrán cazarlos, matarlos y en, muchas ocasiones, quemarlos.

Fuente de la imagen, CLARENS SIFFROY
La movilidad también es difícil para los que estamos en esta especie de fortaleza.
He hablado por teléfono con Rosie Auguste desde mi llegada a Puerto Príncipe a finales de febrero de 2025, pero es a mediados de marzo de ese año cuando consigo por fin sentarme frente a ella, en su oficina.
"No sé, nadie sabe por qué los bandidos hacen lo que hacen", responde cuando le pregunto por la razón de la masacre en Wharf Jérémie.
Rosie Auguste, una de las mayores especialistas sobre las bandas y la violencia de Puerto Príncipe, cree que es una forma de presión para hacer que la ciudad caiga más rápido. "Terroristas", les llama.
Considera además que los warlords (señores de la guerra)diseñan la estrategia, pero no controlan las huestes de adolescentes que, borrachos de adrenalina y poder, terminan asolando de formas escalofriantes a la población. Y también que años de vivir entre la violencia deforman a esos muchachos.
Pero, como el resto de expertos, cree, sospecha, intuye, pero no sabe.
Rosie Auguste está molesta, se le nota. Llama cobardes a los bandidos de Viv Ansanm. Dice que atacan a las poblaciones antes que al gobierno.
"Saben dónde está el primer ministro, dónde viven los funcionarios, pero ellos prefieren atacar a mujeres y niños desarmados. Hacen violaciones masivas frente a todo el mundo y matan a bebés", dice con el ceño fruncido.
Esta mujer lleva años documentando y denunciando no solo las barbaries de las bandas. También acusa al Estado haitiano de pasividad, permisividad y colusión. Por eso cree que su vida está en riesgo. No sería la primera persona que asesinan por documentar estas cosas.

Fuente de la imagen, CLARENS SIFFROY/AFP vía Getty Images
Desde mi llegada busco entrevistar a sobrevivientes de la masacre.
Un periodista local me cuenta que es imposible. Dice que entrar a Wharf Jérémie no es opción porque el rey Micanor se ha vuelto paranoico y sus hombres con él.
Asegura además que los sobrevivientes tampoco podrán salir del barrio. Micanor ha montado retenes que controlan las salidas de la gente y quitado los celulares a los habitantes, y aquellos que han logrado huir a otros barrios o a campos improvisados de refugiados tendrían que arriesgar demasiado.
Le pregunto a Rosie Auguste y me promete intentarlo, pero añade que para ellos moverse por la ciudad sería casi un suicidio. Me pide que regrese a principios de abril de 2025.
Para esta segunda entrevista llego hasta su oficina en la moto de Ivander, mi guía local.
Este día la ciudad arde, Viv Ansanm ha mordido por la noche los linderos de la fortaleza, los tiros siguen sonando y la brigada del caudillo Samuel Joasil está en las calles con sus armas y su fuego.
Rosie Auguste me explica que la devastación de la ciudad comenzó con el asesinato en 2021 de Jovenel Moïse, el entonces presidente de Haití, y me cuenta sobre el trabajo de hormiga que su equipo tuvo que hacer, arriesgando la vida, para elaborar el informe sobre la masacre de Wharf Jérémie.
Al final de nuestra conversación me entrega un documento muy detallado con más de 120 testimonios.
Y luego me pregunta: "¿Dónde quiere hacer las entrevistas?".
Ante mi asombro, abre una puerta y me señala a cinco personas sentadas en una banca, con la mirada asustada.
En un acto insólito de valentía, cruzaron una ciudad en guerra, atravesando barricadas, fuego y balas, arriesgándose a correr la misma suerte que sus familiares, para contarme cómo murieron y evitar que su historia termine en el mismo lugar que sus cuerpos: en el fondo del Caribe.
Al final de las entrevistas todos aseguran seguir en contacto con los suyos, dicen hablar con ellos en sueños, y verlos habitar la casa, cuidar de sus hijos, cocinar su comida, huir con ellos por la ciudad.
Sus testimonios, un informe de la red de organizaciones locales y otro de Naciones Unidas son la base de esta reconstrucción sobre lo ocurrido entre el 6 y el 11 de diciembre de 2024, cuando el rey Micanor perpetró la mayor masacre cometida por una banda criminal en América en el siglo XXI. Aquellos días en que los sobrevivientes comenzaron a soñar.

El rey asesino y la maldición de los ancianos
El 6 de diciembre de 2024 en la mañana Evelyn y su familia oyen unas motos, hombres hablando fuerte y unos golpes en la puerta. Preguntan desde la calle por su abuela.
"Escóndanse y guarden silencio", les pide a sus parientes la abuela, al tiempo que abre la puerta.
Uno de los hombres entra con una pistola, el otro con un machete y se la llevan en una de las motos. Es la última vez que Evelyn la verá con vida.
Al fondo del barrio de Wharf Jérémie, cerca del mar, se escuchan ya balazos. Nadie en la casa se atreve a salir.
A la mañana siguiente Evelyn y sus hermanas, en un acto de gran temeridad, se escabullen hasta Nan Mangue, un pequeño banco de arena al lado del puerto de Wharf Jérémie, y ahí, en medio de un gran rompecabezas sangrante, dividida por el machete, encuentran a su abuela.
Desde hace unos días el hijo de 6 años del rey Micanor, Benson Altes, tiene fiebre. Ninguno de mis informantes tiene clara la causa —una afección asociada a los pulmones o al estómago—, pero empeora por momentos.
Puerto Príncipe ha perdido casi todas las instalaciones de salud, públicas y privadas, a manos de los bandidos. Incluso las ambulancias de Médicos Sin Fronteras se abstienen de llegar hasta los dominios del rey Micanor, pues han sido atacadas a balazos en más de una ocasión.
Ante el malestar del niño, Micanor llama a su hougan, su sacerdote vudú de cabecera, para que lo salve.
El sacerdote determina que Benson está enfermo por obra del vudú. Dice que se trata de una especie de hechizo arrojado por un loup-garou u hombre lobo, un tipo de hechicero muy temido en Haití desde los años de la colonia.

Fuente de la imagen, CLARENS SIFFROY
Ese sacerdote anónimo (ninguna fuente o informe consigna su nombre) dice además que son los ancianos y ancianas del barrio los responsables no solo del padecimiento del pequeño príncipe, sino de otras muertes por enfermedad en Wharf Jérémie.
Para los pandilleros, los ancianos se han vuelto en una especie de plaga, y así los tratarán.
La mañana del 6 de diciembre de 2024, luego de una larga reunión con el hougan, el rey Micanor decide terminar con la maldición: reúne a sus tropas en el cuartel de la banda conocido como Centro de Entrenamiento, y les ordena traer a todos los ancianos del barrio.
Ese día Sébastien almuerza con su madre en casa. No recuerda qué comieron, supone que arroz, porque para muchos en la ciudad es prácticamente el único alimento.
El barrio está tenso, el común denominador de los días en Puerto Príncipe. Escuchan balazos, la música de fondo de la ciudad en los últimos cinco años.
Entonces llegan los bandidos.
Van en moto, son jóvenes, golpean la puerta, gritan desde afuera que quieren a su madre. Ella le dice a Sébastien que se esconda; no se lo pide, se lo ordena.
Sébastien es grande, de facciones fuertes, voz grave y brazos anchos. Su cuello parece el tronco de un árbol robusto y los botones de arriba de la camisa hacen su mejor esfuerzo por no salir disparados cada vez que respira.
Pero el 6 de diciembre de 2024, este hombrón se mete como puede debajo de la cama de su mamá y se cubre con sus cobijas.
Cree que llegan para robarle, porque su madre y él son comerciantes y tienen dinero en efectivo.
Como el rey Micanor es su vecino y lo conocen desde hace dos décadas, no piensa que vayan a matar a nadie del barrio. Quizá su madre sí, y por eso le ordena esconderse.
Así que Sébastien ve desde su escondite cómo dos muchachos se la llevan y la suben a una moto. Horas más tarde será parte del rompecabezas humano del que también forma parte la abuela de Evelyn.
El rey Micanor rapta ese día a 127 ancianos, 90 hombres y 37 mujeres, y los lleva hacia Nan Mangue.
Allí, ya cuando la noche oscurece todo, sus hombres los matan a tiros y a machetazos.
El hougan recoge sangre de los sacrificados y la guarda en unos recipientes junto a algunas partes de sus cuerpos.
En la tradición vudú, esta es una forma de conservar la esencia, de quedarse con alguien, de esclavizarlo más allá de las barreras que impone la muerte. En términos del vudú, ese hombre se queda con las almas de los ancianos.
La muerte del príncipe y las torturas del rey
En la madrugada del 7 de diciembre de 2024 muere Benson Altes, el hijo del rey Micanor.
Pero la sangre derramada la noche anterior no es suficiente para el hougan. El rey envía a sus hombres con la consigna clara de que maten a todos los allegados de los ancianos.
Se despliegan así por todo el barrio, atrapando familias enteras.
Unas 50 personas han planificado huir por mar y han armado para ello un bote con tablas y plástico.
Pero antes de subir y aventurarse en el Caribe, organizan una ceremonia para pedir protección a los loas, las deidades del vudú.
La música y los cantos alertan a los hombres de Micanor y pronto son rodeados.
Los golpean y acuchillan sin matarlos, y se llevan a punta de pistola a 57 personas en total.
A algunos los transportan en motos, otros en vehículos tipo pick up, apiñados y amarrados.
En el Centro de Entrenamiento, el rey Micanor en persona los tortura durante horas, dicen los testimonios.
Llora, está sufriendo, herido, paranoico. Quiere saber quién ha lanzado la maldición y dónde están aquellos hechiceros que mataron a su pequeño. Pero nadie le da una respuesta satisfactoria. No le dicen en qué lugar se esconden los monstruos.
En la madrugada del 8 de diciembre empiezan a degollar a los rehenes y a desmembrarlos. Cuando sale el sol, sus hombres lanzan los pedazos que pueden a las llamas.
Los restos que el fuego no se come, los tiran al mar.

Los reyes y el vudú
En la iglesia de Saint Michel, en los linderos de Pétion-Ville, dentro de la pequeña fortaleza que sobrevive en Puerto Príncipe, decenas de mujeres y hombres levantan las manos y las agitan en el aire. Suenan tambores como truenos, sale humo y voces graves escapan de una cabaña de madera.
Me miran con desconfianza, pero nadie se anima a echarme o hacerme daño. Es un lugar sagrado y no lo mancharán, menos aún con sangre de blanco.
Es el 5 de marzo de 2025 y en este hounfor, o iglesia vudú, se celebra un rito a Ezili, la familia de loas asociados a la fertilidad, a la fuerza de la maternidad, a la sensualidad, a lo femenino, al baile y la protección.
Un grupo ha llevado cargada a una mujer joven con síndrome de Down. Inmóvil, luce como un pájaro grande con las alas a medio crecer. No habla, solo emite una especie de gruñido doloroso y babea.
La han recogido de la calle, donde vive junto a un basurero. La han vestido y calzado lo mejor que pueden, y han organizado este evento para ella.
El objetivo es pedirle a Ezili que la proteja, que la acompañe, que perdone. La mujer está embarazada y dará a luz en los próximos días.
Los devotos demandan también paz a gritos, piden a los loas que les den esperanza, que les ayuden a sobrevivir. Ruegan que Viv Ansanm no entre y que, si lo hace, ellos puedan derrotarlo.

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El vudú es una de las religiones más estigmatizadas de América.
Según Alfred Métraux, uno de los antropólogos pioneros en su estudio, se trata de un conjunto de creencias híbridas entre credos africanos, en un primer momento, y la fe católica de los esclavistas llegados a América en un segundo.
Sería muy difícil explicar en este artículo las claves profundas del vudú. Diré, pues, que es una religión creada desde abajo, con una relación profunda y tierna con la naturaleza y con los muertos.
En esta tradición los muertos no se van, se quedan y son parte importante de la vida cotidiana. Regresan en sueños, confortan a los vivos, y con el tiempo se vuelven deidades y así se va creciendo el panteón haitiano hasta volverlo imposible de enlistar.
El vudú no tiene que ver con la violencia, o no más que los credos judeocristianos o musulmanes. Se erigió, además, como el motor ideológico y espiritual de la revolución haitiana de finales del siglo XVIII.
Fue después de un ritual organizado por una mujer que los esclavos destrozaron el sistema de haciendas esclavistas de los franceses en 1791. Así se fundó Haití, tras la primera revolución de esclavos exitosa de América, la primera independencia de Latinoamérica y la segunda del continente luego de la de Estados Unidos.
El vudú fue, y de alguna forma sigue siendo, una religión eminentemente antiimperialista.

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Como todas las religiones, sin embargo, se ha usado también para oprimir más a los ya oprimidos.
Usar el vudú como un arma para subyugar a la gente no es algo que el rey Micanor haya patentado; decenas de warlords presumen de ser hougan y de tener la protección de los loas.
Quizá el primero en ver el potencial de la fe para reprimir a los haitianos fue François Duvalier, el dictador conocido como Papa Doc.
Su régimen escalofriante de 1957 a 1971 tuvo dos pilares. El primero fue la formación de los Tontons Macoutes, un grupo paramilitar que asesinaba a opositores e imponía el terror en los barrios, y el segundo fue el vudú.
El mismo Duvalier presumía no ya de ser un hougan, sino de ser un loa; concretamente Baron Samedi, el señor de los cementerios, quien resguarda la entrada al mundo de los muertos.
Se presentaba con la indumentaria clásica de este espíritu y hablaba —según los haitianos— como hablan los loas y los muertos: con un tono nasal.
Gobernó Haití por 14 años y dejó un reguero de muerte y estableció una forma de hacer política que aún hoy prevalece.
De una forma simplista se podría decir que Viv Ansanm es la herencia de Papa Doc y que esos warlords paranoicos y místicos son su legado.
Cuando el 6 de diciembre el rey Micanor decide asesinar a sus vecinos, no está innovando en las formas de la barbarie; está siguiendo una tradición política iniciada antes de su nacimiento.

La paranoia del rey y los "hombres lobo"
El 9 de diciembre la gente queda incomunicada en Wharf Jérémie.
Ante la cobertura de la matanza en los medios locales y las redes sociales, el rey Micanor ha ordenado requisar los teléfonos de toda la población.
Sus hombres raptan a otras 60 personas y se las llevan al Centro de Entrenamiento, donde las torturaron e interrogan. El líder quiere saber quién filtró la información a la prensa y la organización de derechos humanos con la que yo hablaré meses después, en marzo y abril de 2025.
Se impone el toque de queda en el barrio. "¡Nadie sale, nadie entra!", ordenan los bandidos a gritos por las calles.
Manú desentona con la idea arquetípica que tenemos de un refugiado. Lleva camisa de botones, usa gafas y sus zapatos lucen brillantes. Habla inglés y puedo hablar con él sin filtro.
Me dice que vive en otro barrio cuyo nombre omitiremos por seguridad y que visitaba a su padres en Wharf Jérémie con frecuencia, pudiendo entrar y salir sin ser molestado por los bandidos del rey. Esto es un privilegio poco común.
Sus padres tenían un buen negocio ahí. Por ser puerto, había mucho movimiento y posibilidad de obtener productos antes de que subieran de precio al adentrarse en tierra firme.
El 6 de diciembre Manú llamó a sus padres y no le contestaron.
Como ya circulaban algunos rumores sobre que algo raro sucedía en el barrio, se aventuró y consiguió entrar a Wharf Jérémie el 7 de diciembre.

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En casa lo recibió su madre con la noticia que el día anterior unos hombres en moto se habían llevado a su papá.
A pesar del toque de queda, salió a averiguar qué había sido de él.
Supo que lo desmembraron, quemaron sus partes y tiraron lo que quedó al mar.
Le dijeron, además, que estaban matando a todos los mayores de 60 años.
Su madre tenía más de 70. Así que la escondió como pudo y el 9 de diciembre la sacó a hurtadillas. Pero se enfermó, dejó de comer y, en Nochebuena, falleció. "Se murió de tristeza", dice Manú.
En su funeral, junto al ataúd de su madre entierra otro con cosas de su padre. Así se despide de ellos, mientras explica que han regresado a un mundo al que la rabia del rey ya no puede llegar: el de los sueños.
"Mis niños están muy pequeños y no los recordarán, pero ellos cuidan de mis hijos", dice, y el llanto le rompe la fría compostura de burócrata.

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El 9 de diciembre por la tarde los bandidos del rey Micanor capturan a tres hombres y dos mujeres tratando de huir de Wharf Jérémie y les disparan en el acto.
Estos tiros no tienen ya que ver con el vudú y los hombres lobo. El rey quiere impedir por todos los medios que se sepa más de la masacre y, por eso, prohíbe salir de las casas y hablar entre vecinos.
Pero ocultar más de 200 asesinatos, aun teniendo al fuego y al mar como aliados, es muy complicado.
La noticia se filtra, alguna gente manda videos a familiares fuera del barrio y estos lo comparten con periodistas locales o en las redes sociales.
Jimmy Chérizier, conocido como Barbecue, el hombre que se ha dado a conocer al mundo como portavoz y líder de Viv Ansanm, y otros capos de la confederación piden respuestas. Si bien cada warlord tiene autonomía sobre "su" territorio, hacer una matanza de este calibre requiere al menos de una explicación.
Los analistas especializados de Naciones Unidas interceptaron un mensaje del rey hacia la alta plana de Viv Ansanm en el que hace referencia a los sucesos:
Hola, colegas de Viv Ansanm. Saludos, soy el rey Micanor.
Les contaré sobre el incidente en mi zona.
Mucha gente dice que cometí una masacre y habla de asesinatos. Las víctimas son hechiceros (hombres lobo). La coalición Viv Ansanm no colabora con este tipo de personas.
¿Se imaginan que tengo un hijo que nació sano y que los ancianos de la zona conspiraron para matarlo lanzándole hechizos místicos? En este caso, no puedo permanecer impasible; debo vengarme. En todas las bases de Viv Ansanm, exterminaremos a los hechiceros y limpiaremos las zonas.
He escuchado muchos mensajes en la prensa y de organizaciones de derechos humanos.
Ustedes conocen mi guarida, quién soy. Deben venir por mí, son cobardes, los estoy esperando, vengan por mí. Asumo toda la responsabilidad por lo que hice.
Los ancianos mataron a mi hijo, ¿creen que no iba a reaccionar? Un hijo al que amo tanto. Ustedes no son los padres del niño, y por eso son insensibles al dolor.
Yo mismo, el rey Micanor, no cometí ningún abuso; las personas que fueron asesinadas están realmente muertas. Si otros deben ser asesinados, morirán. Todas las bandas de Viv Ansanm cazarán a los hombres lobo (hechiceros).
Dada la explicación, siguió con la masacre.
"Tú mata a los míos, yo mato a los tuyos".
El barrio amanece en silencio. Nadie quiere hablar fuerte para no alertar sobre su presencia a los bandidos.
"Los más peligrosos son los niños, porque quieren demostrar su poder y pueden hacerte daño solo para eso", me dice Evelyn, la primera sobreviviente que entrevisto.
Los hombres del rey tienen tomadas las calles y buscan a alguien a quien matar. Entre ellos está Dustin.
Delgado y de unos 30 años, cojea, con una pierna vendada, ayudado con una muleta.
Trabajaba con su tío y su primo en un pequeño taller del barrio, lo que le permitía el acceso. Aunque también confiesa tener buenas relaciones con la banda del rey Micanor.
Cuando llegó allí el 7 de diciembre, ya su tío y su primo habían sido asesinados. Aun así, decidió quedarse con la banda —dice— por miedo a que lo confundieran con un delator.
Pero asegura no haber estado involucrado en la masacre y, como prueba, muestra los dos huecos de bala en su cuerpo.
Cuenta que los bandidos le reclamaron no haber cumplido la orden del rey: todos tenían que matar. Algunos incluso hicieron un trato para salvarse de derramar sangre propia: "Tú mata a los míos, yo mato a los tuyos".
Que Dustin se salvara de aquella condena, al parecer, no les resultó justo.
El 10 de diciembre uno de los hombres del rey Micanor, de rango medio, le pide que extienda la mano y como castigo le dispara en el centro de la palma. Otro le apunta a la cabeza. Dustin se mueve, el bandido vuelve a apretar el gatillo y lo alcanza en la pierna. Pero él sigue corriendo y logra escapar.

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Ahora vive como refugiado en algún lugar de la fortaleza que aún resiste en Puerto Príncipe. Sus heridas parecen haberse infectado.
Si los hombres de las brigadas de autodefensas lo atrapan y descubren su vinculación con Viv Ansanm, lo llevaran a la cuisine, en la esquina de la rue 27 y Bois Patate, frente al supermercado abandonado Tag Supermarket, en el barrio de Canapé Vert, el feudo del caudillo Samuel Joasin y sus brigadas.
Le darán suficientes machetazos para que no pueda moverse y luego le pondrán llantas en el cuello y le prenderán fuego. Bwa kale, se llama esa práctica, y es el destino de los bandidos que atrapa la brigada.
La paranoia del rey y su obsesión con que la noticia de su matanza no se siga propagando lo vuelve todavía más desconfiado.
Encuentra a ocho hombres y cinco mujeres que aún conservan sus teléfonos, les acusa de ser ellos quienes han hablado con periodistas y los lleva a Nan Mangue, donde mató a los primeros grupos.
Allí los tortura, los asesina y sus cuerpos tienen el mismo destino que el resto: machete, fuego y agua salada.
El rey loco y los sueños
La cabeza del líder es una tómbola.
La noticia de la masacre se esparce por todo Puerto Príncipe. "El rey Micanor se volvió loco", se comenta en los barrios controlados por los bandidos, incluso en la fortaleza.
Alguien que cuenta con información de inteligencia extranjera me explica que Viv Ansanm valoró derrocarlo y poner a alguien más confiable, menos impredecible, al frente del Wharf Jérémie.
Esta misma fuente me dice que el rey supo de esto o lo intuyó, y quiso entonces demostrar que tenía el control del barrio y de su propia cabeza.
El 11 de diciembre libera a las 60 personas que raptó dos días antes y ordena a sus hombres que preparen bolsas con arroz, frijoles, toallas sanitarias y poco más.
Obliga a la gente a salir de sus casas y reparte los víveres.
Les ordena que griten su nombre, que le agradezcan porque, aunque no logró salvar a su hijo, sí protegió a los otros niños del barrio de los hombres lobo.

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"¡Viva el rey Micanor!", tiene que gritar Sheila mientras muestra una bolsa de arroz a la cámara del teléfono de un bandido.
El 5 de diciembre esta mujer había ido con su abuelo al mercado, compraron chaco, un vegetal parecido a la yuca, y lo cocinaron para comerlo juntos.
Sobró un poco, por eso ella cree que cuando se lo llevaron para matarlo la tarde del 6 de diciembre, junto a otros 126 ancianos, su abuelo habría almorzado el chaco que prepararon juntos la víspera.
El 11 de diciembre el rey Micanor ya ha matado a 202 personas, pero a pesar de sus secuestros, torturas y asesinatos, del toque de queda y del arroz entregado, sus bandidos le dicen que hay un nuevo video en redes donde unas voces de mujeres narran lo ocurrido en estos últimos días.
Ante ello, hace capturar a cinco y las lleva al Centro de Entrenamiento, donde las torturan, y luego las conducen a Nan Mangue.
Esas cinco mujeres comparten ya el mar con los restos de Jacinthe, Marcel, Grette, Magarette, Mimose, Ellionise, Montellas, Charita, Marthe, Adeline, Amadide, Charléus, Euvanie, Milou, Immacula, Olympia, Umaliance, Milot, Jacqueline, Dieuvé, Bénita, Roosevelt, Jean, Rosiane… y otras 173 personas cuyo nombre no registran los informes por seguridad.
En esta ciudad de bandidos, el falso rey masacró a los ancianos y con ellos la memoria del barrio.
Pero los sobrevivientes dicen que los suyos siguen regresando cada noche, en sueños, y con ellos vuelve también el pasado.
El falso rey y la impunidad
Micanor no es un rey, es solo un hombre que gobierna con impunidad un pedazo de mundo en una isla en el Caribe.
Ni siquiera es el fundador de su banda. Según una persona que perteneció a ese grupo, Micanor era el tercero al mando, un elemento muy violento y de gatillo —o machete— fácil. Por eso nunca confiaron en él, porque siempre fue paranoico, influenciable e inestable, cuentan.
En 2008 este señor de la miseria asesinó a su propia mambo o sacerdotisa vudú, para, según él, obtener su poder. En 2012 acabó con 12 personas a las que acusó de ser hechiceros.
Los dos líderes que lo antecedieron murieron alrededor de 2015 en las guerras fratricidas de las bandas capitalinas, cuando peleaban entre sí por el control de aquellos espacios miserables y de las pobres gentes que los habitaban, antes de Viv Ansanm.
La tarde de este día de abril de 2025 se va apagando en Puerto Príncipe. Viv Ansanm ataca los linderos de la fortaleza.
Mientras hago la quinta entrevista de la tarde, a lo lejos se escuchan tiros y por la ventana se ven columnas de humo subiendo hacia el cielo.
La brigada cerrará las calles pronto para protegerse de las jaurías rabiosas de la gran confederación de bandidos.

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Dustin habla lento, en argot y con acento cerrado. Es difícil entenderle.
Pero el hombre me está contando sobre la muerte de su tío y de su primo, y cómo tuvo que caminar más de una hora con la pierna herida y la mano destrozada para relatarme esta historia, así que interrumpirle no es opción.
Cuando las entrevistas terminan, volamos en la moto del guía Ivander. Ya algunas barricadas están puestas, pero logramos sortearlas.
La fortaleza saca sus espinas y se prepara para sobrevivir una noche más.
Los testigos de la "masacre de los abuelos" dormirán acá ahora, ya no pueden regresar a sus lugares. Mañana tratarán de volver sin ser asesinados o capturados por Viv Ansanm o por las brigadas de vigilantes.
Casi un año y medio después, mientras escribo esta crónica, la masacre de Wharf Jérémie continúa impune a pesar de todos los testimonios y evidencias que apuntan al responsable del asesinato de 207 haitianos, ancianos en su mayoría: el autonombrado último monarca del Caribe, el señor de los muelles, un simple bandido llamado Monel Félix Altes.
Mò yo pa janm ale
Yo la toujou
Yo dòmi nan dlo
Yo mache nan rèv nou
(Los muertos nunca se van.
Siempre están aquí.
Duermen en el agua.
Caminan en nuestros sueños).
Canción tradicional fúnebre del vudú haitiano
*Los nombres de los sobrevivientes han sido cambiados en esta crónica por motivos de seguridad.

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